Los indígenas waiapi viven en la selva y temen que sus tierras sean ocupadas por las compañías mineras.

 Aparecen en silencio, de la nada: una decena de figuras, cubiertas apenas con taparrabos rojos, bloquean repentinamente el camino de tierra. Son indígenas waiapi, una antigua tribu que vive en la selva amazónica brasileña y teme que sus tierras sean invadidas por compañías mineras internacionales. Mientras guían al equipo de esta agencia hasta un pequeño caserío de chozas ocultas en la jungla, los hombres de la tribu, cubiertos con pinturas corporales rojas y negras, prometen defender sus tierras. Para demostrar su determinación, blanden sus arcos y flechas de dos metros de largo.

“Seguiremos peleando”, afirma Tapayona Waiapi, de 36 años, que vive en Pinoty, como es conocido el caserío. “Cuando las compañías vengan, resistiremos. Si el gobierno brasileño envía soldados para matar a nuestra gente, vamos a resistir hasta que el último de nosotros muera”, dice.

La reserva de los waiapi está en la selva cerca de la desembocadura del río Amazonas. Forma parte de una amplia zona de conservación llamada Renca (Reserva Nacional de Cobre y sus asociados), del tamaño de Suiza.

Rodeada por ríos y árboles imponentes, la tribu se guía por sus propias leyes, con un estilo de vida que puede parecer cercano a la Edad de Piedra, a pesar de que la cara de un Brasil más moderno está apenas a pocas horas de carretera.

El gobierno conservador de Michel Temer abrió en agosto a firmas privadas la explotación de los ricos depósitos de oro y otros metales escondidos bajo la floresta de Renca.

La intempestiva decisión desató un alud de críticas de ambientalistas y celebridades, como la top-model brasileña Gisele Bundchen o el actor estadounidense Leonardo DiCaprio.

A pesar de que el mandatario se retractó en setiembre, el susto no pasa para los waiapi, que casi desaparecieron a causa de las enfermedades contraídas tras ser contactados por autoridades brasileñas en los años 1970.

La selva, dice Moi Waiapi, “es la base para nuestra supervivencia”. Un camino de tierra es la única vía de acceso al territorio waiapi. Pinoty, donde una docena de personas duermen en hamacas bajo techos con laterales abiertos, es el primer caserío y delimita la frontera.

Llegar aquí exige varias autorizaciones, además de dos horas de una carretera con baches desde el pequeño pueblo de Piedra Blanca. Macapá, la remota capital del estado Amapá, está aún más distante.

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