• Los waoranis ubicados en el bloque 22 mapean su riqueza cultural y biológica, como mecanismo de defensa ante una nueva ronda de subasta petrolera anunciada por el gobierno para fines de año.
  • Han cubierto un espacio de 180 000 hectáreas y han identificado dentro 1832 rutas entre ríos, quebradas, caminos de cacería y trochas. Además han incluido en el mapa 235 zonas que pueden albergar ecosistemas sensibles para la conservación.
  • Acordaron, recientemente, lanzar una campaña que promueva la no intervención de su territorio, que llegue al gobierno ecuatoriano y a las empresas petroleras.

Tras navegar veinte minutos en canoa por el río Curaray, descender en un pantano y zafarse del lodo que le llega hasta las rodillas, Obe se dirige hacia una cascada enclavada en la provincia de Pastaza, centro de la Amazonía ecuatoriana y territorio Waorani. Es selva virgen. La mujer, que viste una falda tradicional elaborada con la corteza de un tallo, va con el propósito de identificar plantas que sean de utilidad para su pueblo. Pero el cielo truena y su objetivo se vuelve una misión imposible por las pocas horas de sol que le quedan. A cada paso que da, reconoce entre la diversidad de hojas de todas las formas, intensidades y tamaños, los distintos beneficios que podrían obtener. Algunas serán empleadas como medicinas, otras como potentes energizantes, también como alimentos y hasta hay algunas que harán las veces de pañales.

Obe se refiere al ‘pañal de la selva’, que en la lengua wao se conoce como “nemponka”. Se trata de una hoja grande, redondeada y tersa en la parte posterior, que sirve para envolver a los bebés por las noches. Mientras tanto Memo, otro de los waoranis que participan en el recorrido, extrae una hoja alargada que se coloca debajo de la lengua a manera de silbato y emite un sonido agudo que sirve para atraer aves como el tucán en jornadas de cacería. Obe da otro paso e identifica una planta para curar la fiebre, un poco más adelante, otra para aliviar el hígado, inmediatamente después, unas hojas que se frotan en las piernas de los niños pequeños para darles agilidad, y no muy lejos de allí, unas raíces que se machacan para extraer un concentrado que usan como suero antiofídico. “Pero para picaduras de serpientes pequeñas”, recalca, porque para las grandes hay una planta diferente un par de metros más adelante.

Fuente; Mongabay

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